¿Es aceptable que una persona, bajo ciertas circunstancias, se
suicide? ¿Debería el Estado facilitarle el proceso? Como una forma de
responder a estas difíciles preguntas, una afiliada a la Asociación de Humanismo Americano
compartió, bajo reserva de identidad, el difícil proceso que debió
sobrellevar a cabo para ayudar a su esposo a quitarse la vida, mientras
buscaba escapar a los complejos momentos finales del Alzheimer.
"Ese día, mi esposo y yo nos sentamos uno junto al otro en el
sofá familiar, tomados de las manos. El sol recién se asomaba por el
horizonte cuando nuestro hijo, nuera y sobrina se nos unieron. No
recuerdo qué comimos o si siquiera lo hicimos. Sé que preparamos y
engullimos café y té, mientras hablábamos de las distancias que
nuestros seres queridos habían atravesado para acompañarnos.
Cuando mi marido (a quien llamaré John) se puso de pie para poner
las tazas vacías en el lavadero, alguien le dijo “no deberías estar
haciendo eso”. Él respondió: “quiero que este día sea tan normal como
sea posible”. Estábamos con él porque no quería morir solo, y este era
el día que mi esposo había elegido para morir.
Ahora tenía Alzheimer. Su padre, su abuela y su tío también lo tuvieron.
Un día, cuando se aproximaba su cumpleaños número 68, John me dijo
que estaba preocupado. Mi humilde, amable y cariñoso esposo se había
percatado de lo que yo ya me había dado cuenta hacía dos años: su
memoria de corto plazo estaba desapareciendo. Su enfermedad acabaría
por quitarle el habla, la capacidad de comer o caminar solo, y
convertirlo en un cascarón vacío del hombre que alguna vez fue. Dentro
de algún tiempo, ni siquiera podría reconocerme.
El día en que ambos comprendimos lo inevitable, nos miramos con
lágrimas en los ojos. Respiró profundamente y me dijo que cuando ya no
fuera capaz de perseguir sus intereses intelectuales, cuando ya no
pudiera conducir legalmente, antes de que fuera incontinente o que
comenzara a culparme por sus propias discapacidades, se quitaría la
vida.
Lo había dicho como una afirmación, no de un tema a discutir. Desde
la primera vez que escuché sobre el tema, sabía que quitarse la vida
era algo malo. Comúnmente, a la gente se le persuade, previene, impide
o prohíbe hacerse cargo de su propia muerte.
“¿Cómo?”, le pregunté. Había escuchado de personas que se tragaban
una sobredosis de medicamentos y se enfermaban o incluso quedaban en
estado vegetal, pero no morían.
“Aún no estoy seguro, pero encontraré la forma”,
dijo John, explicándome que no quería llegar al punto en que se
degradara de tal forma que ya no fuera él mismo. Tampoco quería
convertirse en una carga para mí. Comprendía su lógica.
Por fortuna, el Alzheimer es una enfermedad de desarrollo muy lento,
y tuvimos muchos años en que sólo fuimos interrumpidos ocasionalmente
por algún comportamiento que ambos consideramos inaceptable. En el
intertanto, comencé a recabar los sentimientos de la familia y de
nuestros amigos más cercanos.
Mencionaron a doctores en Oregon que le suministraban dosis letales de medicamentos a pacientes consumidos por el cáncer. ¿Eso era lo que John pretendía hacer? ¿Quería tomar una sobredosis de algo?
Para entonces ya éramos miembros de la red de la Última Salida,
afiliada a la Federación Mundial de Sociedades por el Derecho a Morir.
John comenzaba a acercarse al número promedio de años en que un
paciente de Alzheimer comienza a sufrir un serio deterioro.
Le escribí a Última Salida para saber si él era candidato. Nos
dijeron que él coincidía con los parámetros de la gente a la cual
asesoraban respecto de suicidarse. Esto porque la enfermedad de
Alzheimer provoca que las células cerebrales y sus conexiones mueran.
Todas las funciones vitales del paciente son lentamente eliminadas
hasta que la persona muere.
El año 2013 nos cayó encima una década después del primer
momento en que noté una reacción ilógica de mi tan lógico esposo. Ahora
John me decía que estaba cometiendo demasiados errores, incluso que
estaba olvidando eventos importantes. Era el momento para que llegara
el final.
Poco tiempo después, la red de la Última
Salida me puso en contacto con un voluntario de mi localidad. Esta
persona me indicó que debía relatar el caso por escrito. También debía
incluir una copia de la última cita de John con el neurólogo. Todas
estas cosas tomaron tiempo.
Poco después, alguien de Última Salida llamó a John y le hizo varias
preguntas respecto de su capacidad de comprender y llevar a cabo su
última voluntad. Debía demostrarle verbalmente que era su decisión y
que estaba en condiciones de llevarlo a cabo. También debía escribirles
una carta respecto de por qué deseaba terminar con su vida. Accedió,
pero día tras día olvidaba hacerla. Sus lapsus de memoria iban
aumentando y finalmente tuve que recordárselo.
No fue fácil para mí y durante un buen tiempo cargué con sentimientos de culpa.
Eventualmente, redactó una bellísima carta narrando el destino que
habían sufrido sus familiares, su deseo de no quedar convertido en un
vegetal y su profundo deseo de no llegar a convertirse en una carga
para mí. Le preocupaba mucho volverse violento o acabar sumiéndome en
la pobreza debido a los cuidados que debería prodigarle.
No dijo nada sobre la carta. Sólo me la dio y me pidió que la
enviara. La leí y lloré. Las maravillas que disfrutamos en la plenitud
de nuestras vidas también se encontraban retratadas en sus palabras.
Las personas clínicamente depresivas o en circunstancias similares
son rechazadas por Última Salida. John pasó el escrutinio de la
organización y un guía, una persona que donaba de su tiempo para ayudar
a otros, se puso en contacto con nosotros. Otra vez, tuvimos que
recalcar que se trataba de la decisión de John, pero que yo estaba de
acuerdo.
Aún así, el interrogatorio continuó. ¿Teníamos amigos o familiares -que por motivos religiosos o de otra índole- pudieran querer detenernos?
¿Teníamos vecinos que repentinamente pudieran ‘dejarse caer’ en nuestro
hogar? Debíamos estar seguros de que nadie nos interrumpiría en aquel
día final. Le garantizamos que nada de eso sucedería.
Los días que siguieron se sintieron como años, pero antes de que
terminara la semana, otra persona nos llamó. Tuvimos que volver a
declarar todas las razones para nuestra decisión. Satisfecha, esta
persona nos dio una lista de cosas que John debería comprar, cosas que
necesitaría para su “última salida”. Finalmente, nos propuso dos fechas
posibles cuando podría venir a vernos y luego, dos fechas más en que
ejecutaríamos el procedimiento. Tendríamos tiempo en caso de cambiar de
opinión, pero también era suficientemente pronto como para que John
pudiera realizar todos los preparativos.
Escogió el 20 de abril, la primera de las dos fechas que ella le dio para su día final.
Llamé a mi hijo. “Por favor, ven en cuanto puedas. Te necesitamos”.
Llegó una semana antes del día final y pasamos aquellos 7 días yendo a
lugares, haciendo cosas y tratando de que los últimos días de John
fueran lo más placenteros posibles. En un momento fuimos a un
restaurante caro y vaciamos la billetera. En otra ocasión, fuimos a
cenar y John ordenó algo totalmente fuera de la estricta dieta
saludable que había mantenido durante años. Hasta que el Alzheimer se
lo impidió, se había ejercitado diariamente en un gimnasio y seguido su
dieta “religiosamente”. Nos sonreímos cuando le escuchamos decir
“quiero el hígado con cebollas”.
Esa semana, le sugerí a John que escribiera una nota suicida.
Quería dejar totalmente en claro que yo no lo estaba forzando ni
brindándole algún tipo de asistencia que fuera en contra de la ley.
Nuevamente, se olvidó del tema pero a mediados de semana redactó una
breve y concisa nota, perfectamente lúcida.
En aquella esperada mañana, entre los cuatro nos brindábamos ánimos,
con John llevando la batuta. Nadie estaba conmocionado ni molesto. Sólo
había una quieta resignación. Esta era la vida que nos había tocado
vivir y estábamos encarándolo. Aunque John había crecido en una familia
polaca de raíces católico romanas, aunque había sido monaguillo y
asistido a escuelas católicas, ahora era un humanista ateo.
A sus veintes, tras graduarse de la Universidad Loyola, consideraba
que los jesuitas le habían enseñado a pensar y luego él mismo se marcó
el camino de salida de la religión. En 1979, descubrimos y formamos
parte de la Asociación Humanista Americana.
No recuerdo si la mañana final de John hacía frío o estaba cálido.
Sólo sé que me sentía increíblemente cercana a él y él a mí. A las 9 en
punto, la guía y su asistente llegaron. Una vez más, repasamos el
procedimiento que todos realizaríamos. Una vez más, nos preguntó si
esto era realmente lo que John quería hacer. Una vez más, la voz de
John sonó sin vacilaciones: “lo es”.
Nos miraron a mí y a los demás. Asentí con la cabeza y los demás me imitaron.
La guía nos sugirió que fuéramos todos al dormitorio, donde John
pudiera reclinarse en la cama. Previamente, él había ubicado junto a la
cama dos tanques de Helio, provistos de una manguera. Ambos tanques
eran necesarios ante la eventualidad de que uno estuviera vacío.
John se despidió de todos. Hubo abrazos y lágrimas, pero no hubo
llantos. Nadie protestó. Me senté a un lado de su cama, y nuestro hijo
se sentó en el otro. Los demás ocuparon sillas a los pies de la cama.
John siguió la rutina que había practicado, sacando la bolsa y
asegurándose de que estuviera en posición antes de abrir la válvula.
Entonces se volteó hacia mí y me dijo “te amo”.
Dentro de 20 minutos o quizá media hora, dio su último aliento. No
recuerdo el tiempo exacto, pero en Última Salida decían que media hora
es el tiempo promedio. Cuando John ya no tuvo pulso, dejaron el cuarto.
Mi familia fue saliendo uno por uno, hasta que John y yo tuvimos
nuestro último momento juntos. Le dije adiós y salí de la habitación.
Siguiendo el consejo de Última Salida, junto a los demás nos fuimos
a un Mall cercano. Compramos algunas cosas y tratamos de fingir que ese
había sido un día cualquiera. Dos horas después, regresamos a casa. Mi
hijo “descubrió” el cuerpo de mi esposo y llamó a la policía. Con voz
normal, le dijo a las autoridades que había llegado a casa para
descubrir que su padrastro se había quitado la vida.
Ocho minutos después, el primero de un verdadero desfile de
policías, paramédicos y el alguacil local, hicieron su aparición. Era
demasiado tarde para una resucitación. Demasiado tarde para cualquier
cosa más allá de llenar un informe y notificar al forense. Estaba claro
que John se había quitado él mismo la vida."
No hay comentarios:
Publicar un comentario